felices 100 al señor que dejó de tocar baladas porque amaba tocar baladas, y también para cambiar el rumbo de la música (al menos tres veces)
https://music.youtube.com/playlist?list=PLVvOOklv2SXWx5JKBDY36vnjCzt8DKxY2&si=l_3IRt0JBiFVSPds
antes que nada borradores en los que vengo a averiguar qué es lo que quiero decir, poemas ajenos, reseñas quizá. no sé, escribir es sobretodo *el proceso de escribir*: o sea borrar.
felices 100 al señor que dejó de tocar baladas porque amaba tocar baladas, y también para cambiar el rumbo de la música (al menos tres veces)
https://music.youtube.com/playlist?list=PLVvOOklv2SXWx5JKBDY36vnjCzt8DKxY2&si=l_3IRt0JBiFVSPds
Lo más chistoso de La Vorágine es lo elusiva que resulta: es obvio que un cauchero no habla como el autor del manuscrito (Cova) dice que habla un cauchero, así como todo florido en medio de la busca y la desesperación. Pero al mostrarnos la grieta entre cómo el poeta dice que el cauchero habla y la historia macabra de desposesión del cauchero surge una impostura. Una incomodidad idéntica, yo creo, a esa que uno siente cuando un candidato de esos con apellido hace campaña. Como, no sé, Pachito Santos haciendo campaña en Bosa desde una vitrina rodante, por ejemplo. O cuando el compa gomelo trata de rapear y le sale mal.
De pronto yo estoy siendo quisquilloso pero eso pasa a veces con esos libros de los investigadores sociales de universidades privadas en los que se oye es la fricción de los conceptos del trabajo académico y ni por el carajo oye uno la voz de la gente de la que, en últimas, está hablando. De pronto estoy siendo muy quisquilloso.
El caso es que es jalando del hilo de esa impostura uno se da cuenta lo elusiva que es una novela cuyo narrador intenta de todas las formas posibles mantener el centro en su experiencia de la travesía (una experiencia espantosa de un puto niñato celoso que va de la desesperación al delirio y de vuelta, obsesionado con recuperar una mujer que previamente raptó), mientras afuera sucede una iteración macabra de la acumulación originaria.
El poeta se esfuerza en describir ese horror pero solo tiene a mano las palabras de esa poesía sentimental y del elogio, todas un poco como esforzadas, la verdad, y que chirrean espantoso con el lenguaje de los manejos ganaderos y los nombres de las cosas y las acciones en la selva para las que nos toca leer el glosario a veces.
Y entre más intenta e intenta describir la travesía más enfermo se pone, más patético resulta, más iluso porque ¿qué más iluso que un señorito en una gesta romántica en busca de su amada dispuesto a internarse en el Putumayo de inicios de siglo? Qué presentación tiene eso. Es delirante eso, ridículo.
Eso es lo que me parece chistoso. La novela construye un personaje que es como la desintegración moral con piernas, un puto rolo en el que es mejor no confiar pero que cuenta unas cosas tan espantosas que es mejor ir a ver qué pasó, si es verdad, quién fue, cuántos fueron los muertos. Es como una forma muy enrevesada de admitir que es necesario sacarse él mismo del medio, sacar a la poesía del medio.
La pálida desgracia de poeta y ese gesto como de hombre desengañado con el que intenta presentarse se va disolviendo. La mueca poética cede ante el horror del relato de Clemente Silva, el cauchero que busca sin pausa entre la selva los restos de su hijo.
de un libro de César Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía.
Tántas y tántas plantas, todas y todas suenan. La abuta, pon atención, árbol mediano cuya raíz rojiza se hierve y tomando ese líquido en pocos días el azúcar de la sangre se borra, no existen los diabéticos. Y la mariquita, mitad enamorada y mitad flor, que sólo sabe abrirse en la purísima sombra. Y la tzangapilla, anaranjada y grande, hija única, flor más caliente que frente de afiebrado. Todas y todas suenan, lo mismo que las piedras...
Y más que nada suenan los pasos de los animales que uno ha sido antes de humano, los pasos de las piedras y los vegetales y las cosas que cada humano ha sido. Y también lo que uno ha escuchado antes, todo eso suena en el silencio de la selva. Dentro de uno mismo suena, en los recuerdos lo que uno ha escuchado a lo largo de la vida, baile y pífanos y promesas y mentiras y miedos y confesiones y alaridos de guerra y gemidos de amor. Voces de agonizantes que uno ha sido o que uno ha escuchado solamente. Historias ciertas, historias de mañana. Porque todo lo que uno va a escuchar, todo eso suena, anticipado, en medio de la noche de la selva, en la selva que suena en medio de la noche. La memoria es más, es mucho más, ¿lo sabes? La memoria verídica conserva también lo que está por venir. Y hasta lo que nunca llegará, eso también conserva. Imagínate. Nada más imagínate. ¿Quién va a poder oírlo todo, dime tú? ¿Quién va a poder oírlo todo, de una vez, y creerlo...? (29).
los ensayos de Paulo Tavares publicados bajo el título de La naturaleza política de la selva. el libro está diseñado para eso, se deja escarbar, se deja ojiar. en cuánto uno lee el primer ensayo, el que sea, se interesa. de inmediato. una de las ideas transversales del libro es cómo la biodiversidad más que una bendición que dios nos dio es un producto de las formas de habitar que nos preceden. en su entrevista al antropólogo William Balée, Tavares sintetiza:
[...] al ojo entrenado en los moldes de la cultura occidental- esos bosques aparecían como paisajes naturales, prístinos e inalterados. Sin embargo, los botánicos ka´apoor que informaron a Balée pudieron reconocerlos fácilmente como tipos singulares a los que dieron un nombre propio y atribuyeron distintas connotaciones históricas y simbólicas reconociendo la existencia pasada de un antiguo pueblo en los patrones formados por árboles, enredaderas, palmeras y otras plantas. "Hace tiempo desaparecieron las casas, los animales domésticos y los jardines", observó Balée, "pero los árboles que se alzaban a su alrededor eran un índice de acontecimientos pasados de la historia humana".
me acordé que en el documental de Chiribiquete (que se puede ver en rtvc play) una microbióloga cuenta que la presencia de 'terras pretas' en las cercanías de los tepuyes pintados es ecidencia de que las comunidades indígenas han moldeado el paisaje, de que eso intocado y salvaje es algo modelado por la presencia humana.
La terra preta (tierra negra en portugués) es un tipo de suelo extremadamente fértil creado por civilizaciones indígenas precolombinas en la Amazonia. A diferencia de los suelos amazónicos naturales que suelen ser pobres y ácidos, esta tierra artificial retiene nutrientes y agua de manera excepcional, regenerándose a sí misma.
y ya, pienso en eso.
[...] como si al mismo tiempo él fuera una cerbatana y el dardo y la presa y el cazador y los leños encendidos de la cocina esperando, Ino Moxo algarabió su voz
Creo que no he continuado con ese libro es porque no termino de asimilar una de las primeras enseñanzas que don Juan Tuesta lega al narrador atónito, 'Cómo algunos brujos crean personas':
A este tipo de chullachaki no lo distingue nadie —prosigue Don Juan Tuesta—. Es apariencia de persona pero de persona completa, sin sospecha. Solamente los ojos avisados perciben que su cuerpo no es único. Más que varias personas, varias vidas parecen habitarlo. Como si cada parte de su cuerpo tuviera una existencia divergente, diversas existencias que sólo ante los ojos de los otros chullachaki armoniza en una sola. Esos chullachakis desconocen el daño, no malquieren a gente ni cosas. Únicamente existen, todo el tiempo que existen, para lo cariñoso, para ayudarle al bien.
Este año termino de leer la novela, lo prometo.
Durante un par de semanas a leí varias veces el 'Cuaderno de un imposible retorno a Pangea' de la poeta ecuatoriana Yuliana Ortiz Ruano. Traté de leerlo de corrido pero no se deja así, hay que masticar con paciencia. El poema homónimo me habló de inmediato: Es el goce narrativo lo que a la vez colma y retarda el saber/en una palabra lo que reenvida (32). Tan buena poesía como teoría literaria.
un par de gallinas criollas
elevan su vuelo tenso
las veo huir en dirección a Tumaco
las veo agigantarse
alimento cobrando vida
El libro todo está anudado de una forma inusual. Trata de decir algo primordial. Y es crudo y es tierno. Y tiene muchas texturas.
Lo leí varias veces entero pero siento que tengo que volverlo a leer.
-¿y el tajalápiz de qué día dónd
-No lo encuentro, préstame el tuyo
y me miran sus ojitos desde los que sonríen una tía, la mamá y una abuela lejana al abrigo del Galeras
-¿Dónde está el tajalápiz que te presté?
-No sé
-¿Y el de la vez pasada?
-Tampoco.
Voices from the lake tiene una velocidad solemne. Es un documental dirigido por un abuelito y contado por abuelitos hablando de lo que pasó en 1915, en Kharpert-Mezreh, un pueblo pequeño en la península de Anatolia y que en ese tiempo hacía parte del imperio otomano, hoy Turquía. Es la primera película de una trilogía llamada Trilogía de los testigos y trata de la limpieza étnica de los armenios entre 1915 y 1923. Fue dirigida por Jakob Michael Hagopian, un descendiente de armenios migrantes que huyeron y se alojaron en Fresno, California. Las otras dos películas se titulan: Alemania y el genocidio secreto y El río se hizo rojo.
'Quince mil cuerpos a la orilla de un lago' suena a una pesadilla, pero si multiplicas esa cifra por diez obtienes el número estimado de armenios que murieron durante los ocho años de infierno que vieron nacer a Turquía. Confieso que a veces es demasiado para la sangre, pero el señor Hagopian trabajó demasiado duro durante años hablando y grabando a todos esos abuelitos, consultando a los historiadores y trabajando en el soporte documental. Vale la pena enterarse de qué fue lo que pasó, en particular ahora que otro imperio hace sus últimas (y más desesperadas) maniobras expansivas.
La anécdota más escandalosa es una del alumno que no sabía que la profesora era armenia, y va y le hace un comentario tipo 'menos mal mataron a esos armenios, ¿no?'. Me acordé de la vez que le dejé de hablar a una pelada porque salió con un comentario así sobre los judíos. Es un poquito deprimente ver cómo triunfan la reacción y la propaganda. También es lindo que para estos abuelos poder decir esto sea una forma de que sus voces sigan vivas.
En Alemania y el genocidio secreto, Hagopian nos cuenta la historia de cómo las primeras sospechas acerca de la logística del exterminio apuntan a la complicidad alemana, luego confirmada por el uso de los ferrocarriles para transportar a los armenios con la excusa inicial de que iban a ser relocalizados para su protección ante los eventos bélicos de la primera guerra mundial. El documental muestra cómo esta conflagración europea sirvió como cortina de humo para el exterminio de los armenios, obligados a dejar sus asentamientos milenarios para unirse a marchas de la muerte a través de la península en la que niños y mujeres fueron vendidos en esclavitud a la población kurda, o forzados a convertirse al islam.
Con la ayuda de documentación recuperada por el profesor Hans Lukas Kiesen, el documental esboza el momento histórico particular en el que se cometió el genocidio. Los intereses expansivos alemanes estaban concentrados en la construcción, ya avanzada, de un ferrocarril que atravesaba la península de anatolia para internarse en Asia con el fin de crear un corredor comercial estratégico. Y también un momento de contracción estratégica otomana, imperio al que las guerras de inicios de siglo habían reducido territorialmente de forma dramática.
El río se hizo rojo es quizá el más personal de los tres filmes. En él aparece Hagopian a la orilla de un río y de un lago en California, que le sirven para evocar aquel cercano a su casa en Kharpert-Mezreh. Enfocado en la busca de la 'viva voz' de los sobrevivientes, el documental muestra los viajes de Hagopian a lo largo de la península en busca de testimonios de la masiva mortandad infligida sobre los armenios. Aunque encuentra pocos, a medida que se adentra en Siria y las naciones aledañas captura con su equipo los testimonios de gente que aún recuerda la llegada de los sobrevivientes de las marchas a las periferias de sus pueblos.
Es preciso celebrar la muerte de Dick Cheney, quien se lucró directamente de todas las muertes de niños mujeres y hombres generadas por la respuesta norteamericana al nueveonce. Hay que celebrarlo como si de ese gozo dependiera la muerte del siguiente billonario. Celebrar como cuando celebramos la muerte de Kissinger o Donald Rumsfeld. Celebrar con deseo. Como una forma de oración para que el siguiente sea George W. Bush, el sureño tarado al que Cheney sirvió de vicepresidente, tan bien caricaturizado por Sam Rockwell en VICE.
Oí un podcast de un señor que hablaba de cómo la Ilíada es un pastiche temporal densísimo, sobre el cual cual hemos venido proyectándonos, interpretando e identificando. Es muy probable que esos viejos poemas épicos sean el trabajo de un montón de gente y no de un solo autor, por ser producto de viejísimas tradiciones orales. En algún momento el señor explicó cómo las descripciones de las armas y las carrozas en las conflagraciones no pueden corresponder a un evento bélico real, pues pertenecen a diferentes épocas y culturas.
Oía eso y me atacó un pensamiento intrusivo: acaso la masividad física de basura que produjimos alrededor de los superhéroes sea lo que garantice su inmortalidad. La basura y nuestra mitología más güevona van a terminar siendo objetos arqueológicos de quiénes sobrevivan a esto.
la verdad es que le doy mucha vueltas a escribir como si eso no fuera todo el tiempo arriesgar fragmentos, hacer el ridículo, fallar mejor
felices 100 al señor que dejó de tocar baladas porque amaba tocar baladas, y también para cambiar el rumbo de la música (al menos tres veces...