Es preciso celebrar la muerte de Dick Cheney, quien se lucró directamente de todas las muertes de niños mujeres y hombres generadas por la respuesta norteamericana al nueveonce. Hay que celebrarlo como si de ese gozo dependiera la muerte del siguiente billonario. Celebrar como cuando celebramos la muerte de Kissinger o Donald Rumsfeld. Celebrar con deseo. Como una forma de oración para que el siguiente sea George W. Bush, el sureño tarado al que Cheney sirvió de vicepresidente, tan bien caricaturizado por Sam Rockwell en VICE.
antes que nada borradores en los que vengo a averiguar qué es lo que quiero decir, poemas ajenos, reseñas quizá. no sé, escribir es sobretodo *el proceso de escribir*: o sea borrar.
martes, 4 de noviembre de 2025
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