martes, 12 de mayo de 2026

cosas leídas a medias

nota sobre Cova 

Lo más chistoso de La Vorágine es lo elusiva que resulta: es obvio que un cauchero no habla como el autor del manuscrito (Cova) dice que habla un cauchero, así todo florido en medio de la busca y la desesperación. Pero al mostrarnos la grieta entre cómo el poeta dice que el cauchero habla y la historia macabra de desposesión del cauchero surge una impostura. Una incomodidad idéntica, yo creo, a esa que uno siente cuando un candidato de esos con apellido hace campaña. Como, no sé, Pachito Santos haciendo campaña en Bosa desde una vitrina rodante, por ejemplo. O cuando el compa gomelo trata de rapear y le sale mal.

De pronto yo estoy siendo quisquilloso pero eso pasa a veces con esos libros de los investigadores sociales de universidades privadas en los que se oye es la fricción de los conceptos del trabajo académico y ni por el carajo oye uno la voz de la gente de la que, en últimas, está hablando. De pronto estoy siendo muy quisquilloso. 

El caso es que es jalando del hilo de esa impostura uno se da cuenta lo elusiva que es una novela cuyo narrador intenta de todas las formas posibles mantener el centro en su experiencia de la travesía (una experiencia espantosa de un puto niñato celoso que va de la desesperación al delirio y de vuelta, obsesionado con recuperar una mujer que previamente raptó), mientras afuera sucede una iteración macabra de la acumulación originaria.

El poeta se esfuerza en describir ese horror pero solo tiene a mano las palabras de esa poesía sentimental y del elogio, todas un poco como esforzadas, la verdad, y que chirrean espantoso con el lenguaje de los manejos ganaderos y los nombres de las cosas y las acciones en la selva para las que nos toca leer el glosario a veces.

Y entre más intenta e intenta describir la travesía más enfermo se pone, más convulso y patético resulta ¿Qué más iluso que un señorito en una gesta romántica en busca de su amada dispuesto a internarse en el Putumayo de inicios de siglo? Qué presentación tiene eso. Es delirante, ridículo.

Eso es lo que me parece chistoso. La novela construye un personaje que es como la desintegración moral con piernas, un puto rolo en el que es mejor no confiar pero que cuenta unas cosas tan espantosas que es mejor ir a ver qué pasó, si es verdad, quién fue, cuántos fueron los muertos. Es como una forma muy enrevesada de admitir que es necesario sacarse él mismo del medio, sacar a la poesía del medio. 

Desplazarse a sí mismo fuera del texto y dentro de la situación.

La pálida desgracia de poeta y ese gesto como de hombre desengañado con el que intenta presentarse se va disolviendo, porque uno va entendiendo que su destino nunca es algo que está en sus propias manos: Cova no toma una sola decisión por sí mismo. Y parte del horror de la novela es ir constatando que la única que de verdad toma es la de registrar en el libro de cuentas lo que le pasó.

Su mueca poética cede ante el horror del relato de Clemente Silva, el cauchero que busca sin pausa entre la selva los restos de su hijo.

Interrumpí la lectura

de un libro de César Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía.


Leí la primera parte subtitulada 'Las visiones'. En la edición de Peisa que tiene la Biblored viene una ilustración de un señor Mariotti (ni idea quién es pero lo que pude ver me tramó). Pausé al terminar la segunda sección porque mi trabajo está intenso y esta novela necesita de un tipo particular de atención. Es un libro inmersivo y coral, redundante. Intenso. No estoy seguro de quién habla a veces. Liberarse de la carga de estar identificando la voz impone devolverse, releer, escuchar mejor.

El libro empieza con un Envío, una suerte de introducción del primo de Cesar Calvo. César Soriano dice que su primo le contó todo esto y que "[...] todo, absolutamente todo lo que este texto informa, consta en diecisiete cintas de grabación, consta en la fotografía y el vocabulario incluidos al cabo de lo escrito [...]".  Al Envío le sigue un Proemio en que Ino Moxo enumera las pertenencias del aire. Esas 8 páginas rebosantes de animales, piedras, plantas, insectos, flores, hongos y árboles en las que se levanta vibrante un retrato del silencio de la selva terminan así:

Tántas y tántas plantas, todas y todas suenan. La abuta, pon atención, árbol mediano cuya raíz rojiza se hierve y tomando ese líquido en pocos días el azúcar de la sangre se borra, no existen los diabéticos. Y la mariquita, mitad enamorada y mitad flor, que sólo sabe abrirse en la purísima sombra. Y la tzangapilla, anaranjada y grande, hija única, flor más caliente que frente de afiebrado. Todas y todas suenan, lo mismo que las piedras...

Y más que nada suenan los pasos de los animales que uno ha sido antes de humano, los pasos de las piedras y los vegetales y las cosas que cada humano ha sido. Y también lo que uno ha escuchado antes, todo eso suena en el silencio de la selva. Dentro de uno mismo suena, en los recuerdos lo que uno ha escuchado a lo largo de la vida, baile y pífanos y promesas y mentiras y miedos y confesiones y alaridos de guerra y gemidos de amor. Voces de agonizantes que uno ha sido o que uno ha escuchado solamente. Historias ciertas, historias de mañana. Porque todo lo que uno va a escuchar, todo eso suena, anticipado, en medio de la noche de la selva, en la selva que suena en medio de la noche. La memoria es más, es mucho más, ¿lo sabes? La memoria verídica conserva también lo que está por venir. Y hasta lo que nunca llegará, eso también conserva. Imagínate. Nada más imagínate. ¿Quién va a poder oírlo todo, dime tú? ¿Quién va a poder oírlo todo, de una vez, y creerlo...? (29).


he leído en desorden

los ensayos de Paulo Tavares publicados bajo el título de La naturaleza política de la selva. el libro está diseñado para eso, se deja escarbar, se deja ojiar. en cuánto uno lee el primer ensayo, el que sea, se interesa. de inmediato. una de las ideas transversales del libro es cómo la biodiversidad más que una bendición que dios nos dio es un producto de las formas de habitar que nos preceden. en su entrevista al antropólogo William Balée, Tavares sintetiza:

[...] al ojo entrenado en los moldes de la cultura occidental- esos bosques aparecían como paisajes naturales, prístinos e inalterados. Sin embargo, los botánicos ka´apoor que informaron a Balée pudieron reconocerlos fácilmente como tipos singulares a los que dieron un nombre propio y atribuyeron distintas connotaciones históricas y simbólicas reconociendo la existencia pasada de un antiguo pueblo en los patrones formados por árboles, enredaderas, palmeras y otras plantas. "Hace tiempo desaparecieron las casas, los animales domésticos y los jardines", observó Balée, "pero los árboles que se alzaban a su alrededor eran un índice de acontecimientos pasados de la historia humana".

me acordé que en el documental de Chiribiquete (que se puede ver en rtvc play) una microbióloga cuenta que la presencia de 'terras pretas' en las cercanías de los tepuyes pintados es evidencia de que las comunidades indígenas han moldeado el paisaje, de que eso intocado y salvaje es algo modelado por la presencia humana.

La terra preta (tierra negra en portugués) es un tipo de suelo extremadamente fértil creado por civilizaciones indígenas precolombinas de la Amazonía. A diferencia de los suelos amazónicos naturales que suelen ser pobres y ácidos, esta tierra artificial retiene nutrientes y agua de manera excepcional, regenerándose a sí misma.

Y ya, pienso en eso. En el paisaje construido que llamamos 'naturaleza', ignorando que los antepasados hicieron  y que nosotros podríamos también hacer: la biodiversidad.

nota sobre 'Ino Moxo enumera las pertenencias del aire'

[...] como si al mismo tiempo él fuera una cerbatana y el dardo y la presa y el cazador y los leños encendidos de la cocina esperando, Ino Moxo algarabió su voz

Nota

Creo que no he continuado con ese libro es porque no termino de asimilar una de las primeras enseñanzas que don Juan Tuesta lega al narrador atónito, 'Cómo algunos brujos crean personas':

A este tipo de chullachaki no lo distingue nadie —prosigue Don Juan Tuesta—. Es apariencia de persona pero de persona completa, sin sospecha. Solamente los ojos avisados perciben que su cuerpo no es único. Más que varias personas, varias vidas parecen habitarlo. Como si cada parte de su cuerpo tuviera una existencia divergente, diversas existencias que sólo ante los ojos de los otros chullachaki armoniza en una sola. Esos chullachakis desconocen el daño, no malquieren a gente ni cosas. Únicamente existen, todo el tiempo que existen, para lo cariñoso, para ayudarle al bien.

Y no la asimilo porque... porque siento que eso pone en jaque al narrador de la novela. Y me pierdo, y no sé quién habla y no me puedo dejar ir. La identidad es un lastre porque

[...] lo que desde entonces tiene lugar en la América Latina es sin duda uno más de aquellos grandes procesos inacabados e inacabables de mestizaje cultural [...] en los que el código del conquistador tiene que rehacerse, reestructurarse y reconstituirse para poder integrar efectivamente determinados elementos insustituibles del código sometido y destruido. Se trata de procesos que se han cumplido siempre a espaldas del lado luminoso de la historia. Que sólo han tenido lugar en situaciones límites, en circunstancias extremas, en condiciones de crisis de supervivencia, en las que el Otro ha tenido que ser aceptado como tal, en su otredad -es decir de manera ambivalente, en tanto deseable y aborrecible-, por un Yo que al mismo tiempo se modificaba radicalmente para hacerlo (Bolívar Echevarría, 26).

nota sobre los asháninka

[...] Que son nómades hace siempre, antes que los blancos existieran, desde que un inabarcable otorongo negro cayó de lo alto del Gran Pajonal y los dispersó. Que a lo más cada dos años cambian de sitio su lugar, su vida, queman todo: la chacra con sembríos, los caminos abiertos a machete, las dos cabañas levantadas a pulso: la kaápa destinada a los huéspedes, primera casa que edifican, y el tantoózi después, morada que ocupará su familia, y devuelven así lo que por cierto tiempo prestaron a la selva [...] Luego marchan a otro espacio del Gran Pajonal y comienzan de nuevo: queman el bosque impenetrable, abren sitio para su nuevos sembríos y viviendas. «Y no hacen todo esto por capricho» dice Carlos Maldonado, «no lo hacen por ignorancia, como pensábamos los civilizados». «Hace muy reciencito», dice don Andrés Rúa, «esos estudiosos que creo se nominan ecólogos, han descubierto lo que los asháninka conocen desde siempre: que esa es la manera más adecuada y sabia de fecundar la tierra de estas tierras, porque es blanda, débil es la tierra de por estos nuestros lugares, y no resiste la preñez ininterrumpida, necesita descanso, abono y descanso. La ceniza que produce el campa al abandonarla, no es de preceimiento sino de nueva vida. Es por eso también q1ue ellos sepultan a sus muertos a flor de tierra, envueltos en una doble capa de cal, para que fecunden y prosigan y no se mueran jamás» (90-91).

nota de Bolívar Echeverría

La otredad que ellos veían en los españoles les parecía una variante de la mismidad o identidad de su propio Yo colectivo, y por tanto un fenómeno perfectamente reductible a ella [...] Tal vez la principal desventaja que ellos tuvieron, en términos bélicos, frente a los europeos consistió justamente en una incapacidad que venía del rechazo del ver al Otro como tal: la incapacidad de llegar al odio como voluntad de nulificación o negación absoluta del Otro en tanto que es alguien con quien no se tiene nada que ver.

Lo europeos, en cambio, aunque percibían la otredad del Otro como tal, lo hacían sólo  bajo uno de sus dos modos contrapuestos: el del peligro o la amenaza para la propia integridad. El segundo modo, el del reto o la promesa de plenitud, lo tenía traumáticamente reprimido. La otredad sólo era tal para ellos en tanto que negación absoluta de su identidad. La "Europa profunda" de los conquistadores y los colonizadores, la que emergía a pesar del humanismo de los proyectos civilizadores y de las buenas intenciones de la Corona, respetaba el universalismo abstracto de la iglesia católica, pero sólo a condición del buen funcionamiento de la circulación mercantil de los bienes; más allá de este límite, lo usaba como simple pretexto para la destrucción del Otro (p. 24). 

Sobre la incapacidad de llegar al odio como voluntad de nulificación del Otro:

A pesar de eso, aunque no dietan casi nada, yo veo que los extranjeros y la gente de Lima tienen visiones con facilidad. Así yo he notado. Porque yo veo a ustedes, y me digo que es porque ustedes leen libros, toda clase de libros. Por eso ustedes ven visiones con facilidad, porque ya tienen sus espíritus de los libros. Yo pienso así, leer libros es como su dieta de ustedes. Porque nosotros, que no sabemos leer, tenemos que dietar para tomar ayahuasca, y de ahí ya vamos aprendiendo de los espíritus de las plantas chaiconijuni, y ellos nos enseñan, y nosotros vamos viendo las visiones cuando tomamos ayahuasca, y nos vamos haciendo fuertes. Así es para nosotros, los shipibo-konibos, que no tenemos costumbre de leer libros. Nosotros dietamos plantas. Pero yo veo que los extranjeros ya tienen el espíritu de los libros porque leen mucho desde chiquitos, y eso los hace fuertes. El espíritu de los libros ayuda mucho a ver visiones cuando se toma ayahuasca. Así también, cuando la gente shipibo-konibo aprende a leer en la escuela, ellos también ven visiones rápido aunque no dieten plantas. Así es, cuando se lee muchos libros de ahí ya se aprende rápido, más y más. Los extranjeros tienen visiones más rápido que los shipibo-konibos porque ellos están estudiados, ellos tienen más visiones por causa del espíritu de los libros. Los espíritus de los libros ayudan mucho (Herlinda Agustín, onaya del pueblo shipibo-konibo)

 

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